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sábado, 4 de mayo de 2013

Pedir peras al olmo



Los afectados por un trastorno de la personalidad suelen adoptar determinadas actitudes y conductas que entran en conflicto con las actitudes y conductas  generalmente aceptadas como “normales”. 
Tanto en el ámbito familiar, como en el social y  en  el  laboral,  las  personas  que  tienen  que relacionarse  con  estos  enfermos  encuentran grandes dificultades  para  mantener  esa relación dentro de un margen aceptable para ellos mismos. 
En  el  plano  laboral esa difícil adaptación puede traducirse en empleo de escasa duración; y en el plano social en un frecuente cambio de amistades. 
Sin embargo, en el caso de la relación con la familia no puede suceder lo mismo, ya que los padres y los hermanos lo son “para siempre”. 
Por  lo  tanto,  los  padres  y  hermanos  tienen  a atribuir  las   dificultades en  la convivencia 
exclusivamente a  las actitudes  y  conductas “anómalas” de los afectados por un TP. 
Los padres pueden terminar  creyendo  que hay dos tipos  de  hijos: los  “normales”, que siempre son      estables,  responsables, ordenados, cariñosos, prudentes, respetuosos,  trabajadores,  alegres y generosos;   y  los suyos,   que   carecen de muchas de esas cualidades. 
Sin    embargo,  esa  es  una   percepción distorsionada de la  realidad. Cuando los padres  imaginan  cómo  debería  ser  un  hijo “ideal” están pensando en cómo solían ser los jóvenes de  hace tres o cuatro décadas,  y pasan por alto cómo suelen ser los jóvenes de hoy en día. 
El   resultado es que se mantienen unas expectativas irreales e injustas hacia los hijos. 
Irreales porque a veces se  espera de ellos que se comporten  como  no  lo  hacen  los jóvenes  normales”  de su edad.  E injustas porque los afectados  por  un  TP  tienen  que hacer frente a unos conflictos internos que no padecen los demás jóvenes. Conviene, pues, rebajar las expectativas y no esperar más de lo que   pueden dar. Es absurdo –e inútil- pedirle peras al olmo. 

miércoles, 13 de marzo de 2013

Cambiar el rumbo

Cuando llevamos años actuando de una determinada manera para lograr un objetivo concreto, y no obtenemos los resultados esperados, esto puede ser debido o bien a que el objetivo es inalcanzable, o a que la manera de actuar no sirve para ese objetivo. Ambas cosas ocurren con frecuencia en los intentos de ayudar a los afectados de TP. A veces queremos llegar a la meta sin antes pasar por todas las etapas intermedias, lo cual es sencillamente imposible. Otras veces insistimos en hacer cosas que han demostrado sobradamente que no dan ningún resultado. ¿Por qué insistimos en hacer lo mismo? Se necesita sinceridad con uno mismo para reconocer la evidencia de un rumbo equivocado. Y se necesita valentía para atreverse a abandonar un camino conocido para emprender otro nuevo y desconocido. Pero sólo esa valentía puede conducirnos a la meta deseada. Si Cristóbal Colón hubiera seguido los rumbos conocidos, nunca habría llegado a América.

sábado, 9 de febrero de 2013

Stop a las etiquetas

El refuerzo positivo


¿Cuántas veces nos hemos planteado, respecto a la pareja, los hijos, u otras personas: “no valoran lo que hago”; “no lo agradecen”; “nunca me reconocen el esfuerzo”?
Con seguridad, la respuesta es “muchas veces”. Pero, ¿cuántas veces nosotros reconocemos el esfuerzo o los méritos de los que no rodean? ¿cuántas veces les decimos que estamos muy satisfechos? ¿que se lo
agradecemos? Los afectados por los trastornos de la personalidad padecen dificultades para llevar a cabo acertadamente muchas actividades, especialmente de carácter social o laboral. Lo intentan una y otra vez, y fracasan repetidamente.
Pero a veces también lo consiguen. Por pequeños que sean esos triunfos necesitan ser expresamente reconocidos, y más aún por los más cercanos, aquellos que tan insistentemente les recuerdan sus fallos.
El refuerzo positivo; el reconocimiento, es la herramienta indispensable para ayudar a los afectados. No basta una mirada, no sirve el silencio. Hay que mostrar abiertamente la satisfacción por un determinado logro. Es necesario recordar que si nosotros echamos en falta el reconocimiento de los otros, más acuciante es esa necesidad en aquellos que intentan conducir su vida desde una posición de angustiosa inseguridad.

Ubundu


Ubundu era un joven que vivía en una choza de una pequeña aldea africana, con su hermano mayor Bangoro. Era un muchacho tímido y apocado, y mostraba poco interés por seguir las costumbres de la tribu.
Su hermano mayor hacía todo lo posible para evitar que los demás miembros del poblado se dieran cuenta de que Ubundo era diferente. Salía muy temprano a cazar, y siempre volvía con dos piezas: la suya y la de Ubundu. Como Ubundo era poco diestro, Bangoro era el que se encargaba de hacer fuego, de despellejar las piezas cazadas, y de preparar las tortas de cereal de las que se alimentaban.
Ubundo pasaba los días sin tener ninguna ocupación, paseando por los alrededores de la aldea, o sentado en un rincón de la choza, sumido en sus pensamientos. Así pasaron muchos años sin que los vecinos de la aldea notaran nada especial en Ubundu.
Un día sonaron los tambores de alarma en todo el poblado. Una partida de guerreros irrumpieron entre grandes alaridos, incendiaron varias chozas, y se llevaron a algunos hombres y mujeres jóvenes para que
les sirvieran como esclavos. Ubundu se libró porque no se movió de su rincón en la choza, pero su hermano Bangoro fue hecho prisionero.
Entonces Ubundu quedó completamente desamparado. No sabía cazar ni preparar alimentos. No sabía hacer fuego ni reparar los desperfectos de la cabaña. Tampoco había aprendido las danzas rituales, ni sabía tomar parte en las ceremonias de la tribu.
El Consejo de la tribu, que creía que Ubundu era un joven como los demás, se reunió para decidir sobre su caso. Unos pensaban que Ubundo despreciaba sus costumbres. Otros que era un perezoso que quería vivir a su costa. Otros defendían que estaba ofendiendo gravemente a los dioses.
El Consejo decidió expulsar al joven del poblado, y Ubundu se perdió en la jungla, maldiciendo a su hermano por no haberle enseñado a valerse por sí mismo.

El balance anual

Una de las características de los trastornos de la personalidad es su largo recorrido. Sus efectos pueden comenzar a manifestarse al final de la adolescencia, y es habitual que persistan hasta bien entrada la edad adulta. Durante este prolongado periodo los afectados atraviesan innumerables etapas: a veces parece que experimentan avances, y una semana después todo indica que están retrocediendo, para a continuación estabilizarse, volver a mejorar, y volver a caer. Esta interminable montaña rusa produce en los familiares un efecto de “ducha escocesa” continuada, en el que se suceden momentos de preocupación, otros de alivio, seguidos de días de esperanzado optimismo, a los que suceden otros de oscuro abatimiento. Los familiares, muy pegados al día a día de los afectados, siguen milimétricamente esas subidas y bajadas, y reproducen en su ánimo los vaivenes del afectado. El final de año es el momento en que todo tipo de empresas y organismos hacen balance. Se estudian los datos y los resultados de los doce meses precedentes, se comparan con los del año anterior, y se establecen unos objetivos para el siguiente. Es también buen momento para que los familiares de un afectado de TP hagan lo propio. Es la ocasión para tomar distancia, y evaluar la situación, comparándola con la que había 365 días antes. Hacer esto con la mayor objetividad posible, alejando el enfoque del día de hoy, nos permitirá en la mayoría de los casos constatar que las cosas han mejorado en conjunto. Ese es el barómetro que puede indicarnos si estamos en el camino correcto. Es posible que nuestro familiar esté pasando un mal momento esta semana, pero lo que importa es ver si la totalidad del año ha sido mejor o peor que la totalidad del anterior. Si la respuesta es positiva, quizá podamos encarar 2013 con más optimismo, con más paciencia, y –sobre todo- con mayor confianza en que estamos haciendo lo correcto.

martes, 6 de noviembre de 2012

¿Lo estaré haciendo bien?


Son  muchos  los  motivos  que  tienen  los familiares de un afectado por el Trastorno de la  Personalidad  para  sentir  angustia.  Una  de las dudas que más frecuentemente surgen es 
la pregunta “¿Lo estaré haciendo bien?”. La  duda  es  razonable.  Generalmente,  las familias han recorrido un largo camino desde que  detectaron  por  primera  vez  que  algo  no iba  bien  en  su  hijo  o  hermano.  Un  camino jalonado      de      consultas      a      diversos profesionales,  de  altibajos  en  el  estado  del enfermo,  de  momentos  de  esperanza,  y  de otros de desánimo. A menudo, tras varios años de intentar sin éxito la “normalización” del afectado, aparece la   inquietud   de   que   quizá   no   se   estén haciendo  las  cosas  todo  lo  bien  que  podrían hacerse. Paradójicamente,    la    respuesta    a    esa pregunta  es  contradictoria.  Por  una  parte, habría  que  responder  “no”,  porque  nunca unos    padres    pueden    hacer    todo    a    la perfección,  y  desde  esa  óptica  siempre  se podría hacer mejor. Pero por otra parte la respuesta es “sí”. Un “sí”  rotundo  y  definitivo,  porque  nadie  puede hacer  más  de  lo  que  está  en  su  mano.  Los padres o hermanos no son –ni tienen por qué ser-  especialistas,  psiquiatras  o  psicólogos,  y nadie   les   ha   entregado   un   manual   de instrucciones  de  cómo  prevenir  o  manejar  la situación que padecen. Los  familiares  sólo  pueden  poner  cariño, voluntad,   esfuerzo   y   dedicación.   Pueden también      intentar      comprender,      obtener información,  recabar  apoyo,  y  armarse  de paciencia.  Pero  intentarlo  no  garantiza  que siempre  lo  vayan  a  conseguir,  porque  como en cualquier empresa humana, no siempre se logra todo lo que se intenta. El  mero  hecho  de  que  aparezca  la  duda “¿lo  estaré  haciendo  bien?”  significa  que  se está haciendo bien; que se está haciendo todo lo que se puede. Eso debería bastarnos, y no deberíamos  dejar  que  la  duda  se  hiciera  tan pesada que impidiera seguir ayudando. 

viernes, 7 de septiembre de 2012

Adaptarse al medio


Como si no fuera suficiente la preocupación y la angustia que tienen que soportar los que tienen en su casa a alguien afectado por un TP,  el periodo que ahora comienza viene marcado por la incertidumbre y las dificultades derivadas de una grave crisis económica, que afecta a toda Europa y singularmente a España.
En cierta medida nos habíamos acostumbrado a esperar –o a exigir- del Estado soluciones para nuestros problemas, aunque con escasos resultados en el caso de los TP.
En esta situación no se trata ya de repetir la frase de J F Kennedy “No preguntes lo que tu país puede hacer por ti, sino lo que tú puedes hacer por tu país”, sino de preguntarnos qué podemos hacer por nosotros mismos y por nuestros familiares afectados de TP.
Es posible que a primera vista nos parezca que podemos hacer muy poco. Pero “poco” es bastante más que “nada”, y puede convertirse en “mucho” si unimos nuestras fuerzas. La falta de medios económicos puede suplirse con más imaginación, con más dedicación, con más esfuerzo, y con más apoyo mutuo.
Las cosas han cambiado –y más que van a cambiar-. Es un momento excelente para leer el librito “¿Quién se ha llevado mi queso? de Spencer Johnson, que recomiendo a todos.
Como apuntaba Charles Darwin, no sobreviven los más fuertes, sino los que mejor se adaptan al medio ambiente. Ese es nuestro reto  como individuos y como asociación: adaptarnos a un medio ambiente de
restricciones y escasez económica.

jueves, 3 de mayo de 2012

LA NATURALIDAD


El devenir cotidiano de una familia en la que un miembro padece un TP suele alejarse de los parámetros de convivencia considerados como “normales”. Silencios prolongados, explosiones de ira, acusaciones inculpatorias, amenazas, insultos, pasividad, incumplimiento de las normas, autolesiones, y determinadas conductas dan lugar a un clima familiar poco “natural”.
La familia se suele debatir entre la preocupación y la angustia: se observa atentamente la conducta del afectado, tratando de detectar signos de actitudes o comportamientos relacionadas con el TP, siempre dispuestos a intervenir para mitigar los efectos dañinos que puede tener sobre los enfermos.
En este escenario es fácil caer en la posición del “guarda jurado”, siempre pendientes del mínimo gesto del familiar con TP, bien para advertirle, para criticarle, o para oponerse a sus intenciones reales o presuntas.
No es de extrañar que el enfermo, al sentirse como una bacteria en un microscopio, intente eludir ese excesivo control, a veces ocultando sus pensamientos y sus actividades, y a veces rebelándose, incluso violentamente, contra sus familiares. Cuanto más se siente tratado como un sospechoso, como un niño de pocos años, o como un bicho raro, más probabilidades habrá de que termine actuando como tal.
Es muy importante que la familia evite crear ese círculo vicioso. Sin dejar de ocuparse del enfermo, se debe evitar que la vida familiar se convierta en una permanente situación excepcional. Hay que hablar con naturalidad al enfermo, otorgarle un margen de confianza, respetar sus momentos de silencio o de mal humor, bromear con él. En una palabra: quitarle dramatismo a la vida diaria, para no contribuir a que él perciba su vida como un drama.
Para ganar una batalla hay que disparar al enemigo cuando se le ve. No sirve de nada estar disparando continuamente a la oscuridad.

jueves, 12 de abril de 2012

¿Qué sustituye al dinero?


Como cada año por estas fechas, se prepara la Asamblea General de la asociación. En ese acto se rinden cuentas a los afiliados, se aprueba el presupuesto del siguiente ejercicio, se renueva la composición de la Junta, y se debaten iniciativas y propuestas.
Es buen momento para recordar que una asociación como El Volcán no es un ente que “está ahí”, como un árbol silvestre que ha brotado de la tierra por su cuenta, y al que podemos acercarnos para cobijarnos en su sombra o para tomar algún fruto maduro.
El Volcán sólo existe porque hay unos socios que la forman. Los socios la crearon, los socios la mantienen viva, y no es nada sin esos socios.
Por eso es tan importante que todos los socios participen, al menos, en ese acto fundamental que es la Asamblea General. En unos momentos en que las ayudas públicas a organizaciones como la nuestra están en franca disminución, es indispensable suplirlos con otras riquezas. La imaginación, la tenacidad, la solidaridad, la cesión de un poco de nuestro tiempo libre, pueden resultar instrumentos mucho más potentes y eficaces que el simple dinero.
El dinero es la sangre para una empresa. Si dispone de él puede expandirse, crecer, conseguir sus objetivos. Pero El Volcán no es una empresa. Es una organización de personas que aman a otras personas. A sus hijos, a sus hermanos, a ese ser querido que ha tenido la mala fortuna de padecer un TP. No busca el beneficio económico, sino el beneficio de sus seres más queridos. Ninguna tarjeta de crédito puede suplir la participación activa de las personas.
En época de crisis todo el mundo se queja de la falta de dinero. No te quejes de que hay poco dinero. Haz algo más. Participa en el proceso electoral, aporta tu granito de ilusión, y asiste a la Asamblea General. El Volcán no es nada sin tu calor.

lunes, 27 de febrero de 2012

LA UNIÓN HACE LA FUERZA

La conocida sentencia popular que dice “la unión hace la fuerza” puede ser aplicada en casi cualquier circunstancia de la vida. La ta-rea de convivir con un afectado de TP, de hacer que esa convivencia no suponga un calvario, y de propiciar que el afectado vaya mejorando progresivamente, no es una ex-cepción. Habitualmente, son los padres y los hermanos del afectado los que tienen que asumir esa paciente –y a menudo frustrante- tarea. Por eso, cuanto más unidos estén todos ellos, más relajada será la convivencia, y más fir-mes los pasos de aquél hacia la salida del TP. Lamentablemente, a menudo el grueso del peso de esa labor recae sobre una sola per-sona: frecuentemente la madre. Esta persona se convierte así en la única “responsable” del hijo afectado. Busca información; acude a or-ganismos o asociaciones: aconseja al hijo en mil cuestiones; le acompaña al médico; vigila que no abandone el tratamiento; y trata de protegerle de sí mismo y de la incomprensión de los demás miembros de la familia. En no pocas ocasiones, esta gigantesca tarea rebasa ampliamente la capacidad de resisten-cia, y la persona cuidadora termina pagando un alto precio por su lucha en solitario, en tan-tos frentes simultáneos. Sería deseable que el resto de la familia se involucrara también activamente para trabajar todos ellos unidos hacia un objetivo común. Pero lo deseable no siempre coincide con lo real: y cuando esto ocurre, cabe preguntarse si hay algo que pueda hacer la persona cui-dadora para no sucumbir en el empeño ni abandonar a su suerte al hijo con TP. La solución no es sencilla, puesto que requie-re de la apertura de un nuevo frente de bata-lla: el de la obtención de la participación de todos los miembros de la familia. Sin embar-go, ese esfuerzo puede resultar muy rentable a largo plazo. El camino hacia la salida del TP es largo y plagado de obstáculos. Merece la pena perder unas semanas para lograr que el esfuerzo del resto del trayecto sea un esfuer-zo compartido.

martes, 8 de noviembre de 2011

ENTRE PREGUNTAS

El devenir de los afectados por un TP es siempre errático y azaroso, y ocasiona no pocas dificultades a los que lo padecen, y gran inquietud entre sus familiares. Como consecuencia de todo ello, son innumerables las preguntas que los familiares se hacen. Son tantas, y obtienen tan pocas respuestas concluyentes, que el resultado es frecuentemente una situación de bloqueo, que impide cualquier acción útil.
Sería muy conveniente –para los familiares y para los enfermos- reducir esa tormenta de preguntas a unas dimensiones asumibles. No es fácil hacerlo, pero se puede aplicar un método sencillo, consistente en clasificar en dos categorías las preguntas que nos surgen –las útiles y las inútiles-, y prohibirnos estrictamente perder ni un sólo minuto con las segundas.
¿Por qué a nosotros?
¿Por qué este hijo y no sus hermanos?
¿Qué he hecho yo para merecer esto?
¿Qué hemos hecho mal?
¿Por qué no actúa de otra manera?
¿Por qué nos odia?
¿Por qué no hay soluciones rápidas?
¿Cuándo terminará esto?
Esas y otras preguntas seguirán apareciendo en nuestra mente. Pero no conseguiremos respuestas, y, aunque las tuviéramos, no habríamos avanzado nada para mejorar la situación. Por eso es recomendable aplicarse a la disciplina de apartarlas cada vez que aparezcan.
Sólo hay una pregunta que merece la pena responder, teniendo en cuenta que es muy probable que la respuesta correcta no coincida con la respuesta que más nos gustaría:
¿Qué puedo hacer
ahora para ayudarle?

Y DESPUÉS ¿QUÉ?


Las personas que padecen un trastorno de la personalidad suelen encontrar numerosas dificultades para desenvolverse adecuadamente en el ámbito social, laboral y familiar. Tanto la escasa tolerancia a las frustraciones, como la deficiente interrelación social dificultan el normal proceso de aprendizaje mediante el método de “prueba y error”.
Ante este hecho, la tendencia de muchos familiares se orienta a actuar como colchón protector, haciendo un poco de intermediarios entre los afectados y el mundo exterior, frecuentemente hostil.
De esta manera, se consolidan unos hábitos poco funcionales para la deseable autonomía de los afectados. En la misma medida en que perciben como normal que su familia se ocupe de protegerles de muchos avatares, o de minimizar las consecuencias de sus errores,  terminan acostumbrándose a no tener que preocuparse ellos mismos, lo que perpetúa su situación de vulnerabilidad.
Así los años van pasando, los familiares constatan que los avances que experimentan sus hijos o hermanos son muy lentos, y entonces aparece la terrible pregunta: “Y después ¿qué? ¿qué será de él cuando yo no esté aquí para ayudarle?”.
La respuesta es sencilla, aunque nada tranquilizadora: “después” ellos dependerán casi exclusivamente de sí mismos. Puede que entonces aprendan nuevas lecciones y vayan mejorando sus capacidades adaptativas. Y puede que el cambio producido por la desaparición del colchón protector sea demasiado brusco, y encuentren dificultades insalvables.
No resulta agradable asumir esta realidad. Pero la realidad siempre termina imponiéndose. La conclusión, pues, es evidente: cuanto antes propiciemos que adquieran su propia autonomía, mejor preparados se hallarán el día que tengan que desenvolverse ellos solos. Y dicho al revés: cuanto más les protejamos ahora, más echarán en falta esa protección cuando desaparezca. Tenemos que elegir: o les protegemos ahora, o propiciamos que ellos se protejan en el futuro.

miércoles, 12 de enero de 2011

EL TIEMPO

Uno de las dificultades que tienen que afrontar los familiares de afectados por los TP es adaptar su vida a un ritmo temporal diferente al considerado como normal.
En un momento dado se ven obligados a enfrentarse a la indiscutible realidad de que que sus hijos o hermanos presentan unas actitudes y comportamientos inapropiados, que les producen importantes disfunciones para adaptarse a su entorno familiar y social.
Cuando cabía esperar que alcanzaran un grado suficiente de madurez, autonomía y estabilidad, lo que ocurre es todo lo contrario: los familiares observan que a los 20, los 30 o los 40 años adoptan patrones de conducta inestables, erráticos, o inadaptados.
Surge la incógnita aterradora: ¿se trata de una situación transitoria o definitiva? ¿obedece a una crisis pasajera o a un estado permanente?
Si se trata de algo transitorio, bastaría con armarse de paciencia. Si fuera algo definitivo, sería preciso abordarlo con resignación.
Pero la respuesta no es concluyente. A veces parece transitorio y a veces duradero. A cada episodio crítico le sucede un periodo de mayor estabilidad, que vuelve a terminar en una nueva etapa conflictiva.
Y así van pasando las semanas, los meses y los años. En un desesperantemente lento devenir del tiempo. Hay que volver atrás, situarse en la época de la infancia de los afectados, y volver a tener paciencia, infinita paciencia. Hay que volver a empezar una compleja labor de reeducación, recurriendo a estímulos, a premios y a sanciones; aceptando que no basta con decir las cosas una vez, sino cien; y aprendiendo a convivir con unos hijos que a veces parecen adultos y a veces niños.
Las horas parecen días, las semanas meses, y los meses años. Pero el tiempo pasa a pasar de todo, y poco a poco, de manera apenas perceptible, van evolucionando, van mejorando, van haciéndose adultos completos. Sólo hace falta tener las suficientes paciencia y constancia para aguantar hasta el final.

LA FRUSTRACIÓN

La frustración es esa desagradable sensación que experimentamos cuando no se ve cumplida una expectativa que esperábamos alcanzar.
Es. pues, un problema de desajuste: La cuestión no estriba en que consigamos mucho o poco, sino en la diferencia entre lo que esperamos y lo que conseguimos. Y tal como aprendimos en nuestras primeras clases de aritmética, la magnitud de una diferencia depende de las magnitudes del minuendo y del sustraendo. Cuanto más altas sean nuestras expectativas, más probabilidades habrá de que no se cumplan, y por lo tanto, de que aparezca la frustración.
Una característica común en los afectados de TP es la baja tolerancia a la frustración. A todos nos molesta que no se cumplan nuestros objetivos, pero más o menos nos aguantamos y nos resignamos, e incluso a veces sacamos conclusiones de los fracasos, y aprendemos cosas que nos servirán para hacerlo mejor en el futuro.
No suele ser este el caso de los afectados por el TP. Ni se aguantan, ni se resignan, y pocas veces sacan conclusiones y aprenden para el futuro. Peden dejarse llevar por la rabia y por la agresividad, o bien inclinarse hacia la evitación y la pasividad.
Para evitar esas reacciones, a menudo los familiares intenten reducir las frustraciones de sus hijos o hermanos, lo cual parece recomendable. Sin embargo, no siempre se hace de la mejor manera posible.
Cuando tratamos de reducir el desajuste entre lo esperado y lo obtenido por un afectado de TP, actuando sobre lo obtenido –es decir, poniendo nosotros de nuestra parte lo que él no ha conseguido-, estamos propiciando su dependencia, ya que continuará fijándose metas inalcanzables, y exigiendo que nosotros las cumplamos por él.
Por eso, la mejor manera de contribuir a reducir la frustración de los afectados de TP es ayudarles a rebajar sus expectativas, y, sobre todo, no ser nosotros mismos los que fijamos metas inalcanzables para ellos.

PERSONA Y PROBLEMA

Las personas afectadas por algún trastorno de la personalidad manifiestan determinados patrones de conducta que persisten en el tiempo. Algunas de esas conductas resultan disfuncionales, y les ocasionan multitud de problemas en su vida familiar, social y laboral.
Habitualmente, las familias intentan corregir esas pautas por múltiples vías: razonamientos que al final se convierten en “sermones”; coacciones, ruegos, exigencias, promesas, comparaciones. Todo puede servir para intentar cambiar un “estilo de vida” anómalo.
Con el tiempo, muchas familias terminan resignándose ante la constatación de que ninguno de sus intentos consigue lo que ellos pretenden. Entonces colocan a su hijo la etiqueta de “problemático”, y optan por atribuir cualquier conducta o actitud negativa a “la enfermedad”. Se trata de una solución confortable porque proporciona una explicación a lo que ocurre: la culpa es de “la enfermedad”.
Llegados a este punto, “la enfermedad” se convierte en un manto que lo cubre todo, y el afectado deja de ser visto como una persona con un problema, pasando a convertirse en “un enfermo”, en un problema.
Esa visión por parte de la familia dificulta la ayuda que podrían prestarle, haciendo olvidar que el TP ocasiona ciertas disfunciones, pero no ensombrece la totalidad de la personalidad del afectado. Un TP puede dificultar sus relaciones sociales, hacerle tomar decisiones impulsivas; o tolerar mal la frustración. Pero nunca afecta a todos los ámbitos de su vida.
Aprender a diferenciar qué es debido al trastorno de la personalidad, y qué conductas no tienen nada que ver con ello es, quizá, uno de los retos más difíciles con los que se enfrentan las familias.
Pero lograrlo supone estar en condiciones de aceptar lo que es inevitable, de lo que puede corregirse y no hay por qué aceptar. Permite concentrar el esfuerzo en aquello que puede corregirse en lugar de tropezar contra el muro de lo inevitable. Y, sobre todo, contribuye a que el afectado se sienta como una persona que tiene un problema, y no como un problema con forma de persona.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

AUTOAYUDA


Termina el verano y todo vuelve a su lugar. Unos al trabajo, otros a la escuela. Los coches vuelven a llenar las calles, y los gobiernos vuelven a apretarnos el cinturón, cada vez con menos disimulo.
Pero algunas cosas continúan porque no han hecho vacaciones. Los afectados de TP siguen con las mismas dificultades sociales y laborales, y sus familiares siguen con la misma angustia, el mismo dolor, y la misma duda de siempre: ¿Qué futuro les espera a nuestros hijos con TP?
Nadie tiene una respuesta tranquilizadora para esa pregunta. El sistema sanitario atiende poco y mal las enfermedades mentales, y además le afecta la crisis. Los servicios sociales se ocupan poco y mal de estos problemas, y también les afecta la crisis. Las administraciones públicas se limitaban a conceder unas migajas del desorbitado gasto público a las asociaciones de autoayuda como El Volcán, pero también les afecta la crisis. Lo mismo les sucede a otros organismos, como las cajas de ahorro.
Es más que nunca el momento de la autoayuda. Para eso nacieron las asociaciones como El Volcán: para que un grupo de personas con unas necesidades muy concretas pudieran ayudarse mutuamente.
Durante algunos años han obtenido también algunas ayudas externas. En algunos casos, incluso unas ayudas muy sustanciales por parte de diversas instituciones públicas y privadas. Todas las asociaciones están notando las restricciones que impone la crisis económica, y las asociaciones pequeñas como la nuestra, mucho más.
Por eso resulta imprescindible ejercer a fondo la autoayuda. Porque si no nos ayudamos nosotros mismos, poco podemos esperar de los de fuera. Afortunadamente, no todo es cuestión de dinero. Es mucho lo que cada uno de nosotros podemos hacer integrados en una asociación.
Si es ilusorio esperar que otros vengan a ayudarnos, sólo tenemos dos alternativas: ayudarnos nosotros mismos o renunciar a que los afectados de TP tengan un futuro.

martes, 2 de marzo de 2010

No me apetece


Muchos de los afectados de TP se muestran terriblemente reacios a realizar determinadas actividades. Algunos pasan horas y horas en la cama. Otros se encierran en su habitación. Muchos eluden llevar a cabo cualquier actividad organizada, como asistir a clases; otros no muestran el menor interés por encontrar un trabajo, y la mayoría rehúsa colaborar en cualquier tipo de tarea doméstica. Entre los padres de estos afectados hay casi unanimidad respecto al principal motivo de esta inactividad: “No les apetece hacer eso”, dicen.
Y tienen razón: en la mayor parte de los casos, los afectados que actúan así –o mejor dicho: que no actúan-, no sienten la menor apetencia por realizar ninguna de esas actividades que llevan a cabo diariamente las personas normales”.
Pero habría que preguntarse: ¿acaso a esas personas “normales” les apetece siempre hacer todo lo que hacen cada día? La respuesta sería sin duda negativa. Todos nos vemos en la imperiosa necesidad de hacer muchas cosas que no nos apetecen, e incluso que nos desagradan. ¿Por qué ellos no? Probablemente la clave está en el verbo apetecer, que es aplicado de forma incorrecta, tanto por los afectados como por sus familiares.
Hay muchas razones por las que alguien puede hacer algo: por necesidad, por placer, por agradar a otro, por dinero, por responsabilidad, por altruismo, por amor propio, por desafío personal, por solidaridad.
De todas esas razones, sólo la que busca el placer está fuertemente ligada al concepto de apetecer. En todas la demás, se hacen las cosas, apetezca o no.
Si muchos afectados de TP tienen la autoestima baja, escasa empatía, y las necesidades básicas cubiertas, no resulta extraño que tiendan a pensar que sólo merece la pena hacer aquello que les apetece. Los familiares pueden hecer mucho, transmitiendo la noción de que lo de apetecer sólo cuenta
respecto a las actividades de ocio. Para todo lo demás, no importa si apetece o no.

viernes, 29 de enero de 2010

El muro de ladrillos


Cuando estás educando a tus hijos, ves cuando están a punto de cometer un error.
Quizá se relacionan con amistades peligrosas,no se están tomando en serio la escuela, o están cayendo en las drogas, el alcoholismo o la delincuencia. Miras a tus hijos encaminarse hacia algún tipo de problema en el futuro como si estuvieran yendo en moto directos hacia un muro de ladrillos. Como padre sientes esa tremenda necesidad de impedir que choquen contra ese muro de ladrillos.
Con los dos primeros hijos me plantaba delante del muro vociferando: “Mira, estúpido:
te diriges contra un muro de ladrillos. Estás cometiendo un gran error. Estás desperdiciando tu vida y deberías cambiar”. Ellos aceleraban la moto, me hacían un gesto rudo, y seguidamente chocaban contra el muro de ladrillos. Lo más terrible es que yo me quedaba ante el muro, y chocaban primero contra mí. Después me volví un poco más listo y me mantenía a distancia cuando les daba la charla: “Vas derecho contra un muro de ladrillos. Estás cometiendo un gran error. Deberías organizar tu vida y dejar de perder el tiempo”. Ellos aceleraban, me hacían un gesto rudo, pero esta vez yo no estaba de pie entre ellos y el muro. Así que era algo mejor.
Cometerían errores, pero no me afectarían tanto sus desastres. Después de seis hijos, me volví mucho más listo. Cuando los veía encaminarse directos hacia el muro, montados en sus motos, yo ya había tomado asiento tranquilamente. Ellos pasaban de largo y yo decía: “Mira, soy un hombre viejo, tengo bastante experiencia, y creo que hay un muro de ladrillos ahí delante. Te sugiero que tomes otra dirección diferente.
Estás cometiendo un error, pero tienes que aprender tus propias lecciones”. Y cuando les decía esto, de este modo, los hijos reducían un poco la velocidad. El gesto rudo
desaparecía por completo. Pero, aún así, chocaban contra el muro de ladrillos.
Esto es lo que realmente hacen los hijos.Intentan imaginar lo que es el mundo
chocando contra el muro de ladrillos. Aprenden que son responsables de lo que
hacen y que cuando comenten errores, sufren las consecuencias.

miércoles, 2 de julio de 2008

Una invitación a la participación

La Asociación "El Volcán" te invita a participar en esta bitácora.

Puedes enviar tus artículos a volcanicos@gmail.com o puedes hacer comentarios libres a cualquiera de los artículos publicados.

Deseamos que esta plataforma nos enriquezca a todos, tanto a los socios de la asociación como a todas las personas interesadas en los temas de los trastornos de personalidad. ¡Ánimo!