Uno de las dificultades que tienen que afrontar los familiares de afectados por los TP es adaptar su vida a un ritmo temporal diferente al considerado como normal.
En un momento dado se ven obligados a enfrentarse a la indiscutible realidad de que que sus hijos o hermanos presentan unas actitudes y comportamientos inapropiados, que les producen importantes disfunciones para adaptarse a su entorno familiar y social.
Cuando cabía esperar que alcanzaran un grado suficiente de madurez, autonomía y estabilidad, lo que ocurre es todo lo contrario: los familiares observan que a los 20, los 30 o los 40 años adoptan patrones de conducta inestables, erráticos, o inadaptados.
Surge la incógnita aterradora: ¿se trata de una situación transitoria o definitiva? ¿obedece a una crisis pasajera o a un estado permanente?
Si se trata de algo transitorio, bastaría con armarse de paciencia. Si fuera algo definitivo, sería preciso abordarlo con resignación.
Pero la respuesta no es concluyente. A veces parece transitorio y a veces duradero. A cada episodio crítico le sucede un periodo de mayor estabilidad, que vuelve a terminar en una nueva etapa conflictiva.
Y así van pasando las semanas, los meses y los años. En un desesperantemente lento devenir del tiempo. Hay que volver atrás, situarse en la época de la infancia de los afectados, y volver a tener paciencia, infinita paciencia. Hay que volver a empezar una compleja labor de reeducación, recurriendo a estímulos, a premios y a sanciones; aceptando que no basta con decir las cosas una vez, sino cien; y aprendiendo a convivir con unos hijos que a veces parecen adultos y a veces niños.
Las horas parecen días, las semanas meses, y los meses años. Pero el tiempo pasa a pasar de todo, y poco a poco, de manera apenas perceptible, van evolucionando, van mejorando, van haciéndose adultos completos. Sólo hace falta tener las suficientes paciencia y constancia para aguantar hasta el final.
Bitácora de la Asociación "El Volcán" de familiares de personas con Trastornos de Personalidad de Zaragoza.
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miércoles, 12 de enero de 2011
LA FRUSTRACIÓN
La frustración es esa desagradable sensación que experimentamos cuando no se ve cumplida una expectativa que esperábamos alcanzar.
Es. pues, un problema de desajuste: La cuestión no estriba en que consigamos mucho o poco, sino en la diferencia entre lo que esperamos y lo que conseguimos. Y tal como aprendimos en nuestras primeras clases de aritmética, la magnitud de una diferencia depende de las magnitudes del minuendo y del sustraendo. Cuanto más altas sean nuestras expectativas, más probabilidades habrá de que no se cumplan, y por lo tanto, de que aparezca la frustración.
Una característica común en los afectados de TP es la baja tolerancia a la frustración. A todos nos molesta que no se cumplan nuestros objetivos, pero más o menos nos aguantamos y nos resignamos, e incluso a veces sacamos conclusiones de los fracasos, y aprendemos cosas que nos servirán para hacerlo mejor en el futuro.
No suele ser este el caso de los afectados por el TP. Ni se aguantan, ni se resignan, y pocas veces sacan conclusiones y aprenden para el futuro. Peden dejarse llevar por la rabia y por la agresividad, o bien inclinarse hacia la evitación y la pasividad.
Para evitar esas reacciones, a menudo los familiares intenten reducir las frustraciones de sus hijos o hermanos, lo cual parece recomendable. Sin embargo, no siempre se hace de la mejor manera posible.
Cuando tratamos de reducir el desajuste entre lo esperado y lo obtenido por un afectado de TP, actuando sobre lo obtenido –es decir, poniendo nosotros de nuestra parte lo que él no ha conseguido-, estamos propiciando su dependencia, ya que continuará fijándose metas inalcanzables, y exigiendo que nosotros las cumplamos por él.
Por eso, la mejor manera de contribuir a reducir la frustración de los afectados de TP es ayudarles a rebajar sus expectativas, y, sobre todo, no ser nosotros mismos los que fijamos metas inalcanzables para ellos.
Es. pues, un problema de desajuste: La cuestión no estriba en que consigamos mucho o poco, sino en la diferencia entre lo que esperamos y lo que conseguimos. Y tal como aprendimos en nuestras primeras clases de aritmética, la magnitud de una diferencia depende de las magnitudes del minuendo y del sustraendo. Cuanto más altas sean nuestras expectativas, más probabilidades habrá de que no se cumplan, y por lo tanto, de que aparezca la frustración.
Una característica común en los afectados de TP es la baja tolerancia a la frustración. A todos nos molesta que no se cumplan nuestros objetivos, pero más o menos nos aguantamos y nos resignamos, e incluso a veces sacamos conclusiones de los fracasos, y aprendemos cosas que nos servirán para hacerlo mejor en el futuro.
No suele ser este el caso de los afectados por el TP. Ni se aguantan, ni se resignan, y pocas veces sacan conclusiones y aprenden para el futuro. Peden dejarse llevar por la rabia y por la agresividad, o bien inclinarse hacia la evitación y la pasividad.
Para evitar esas reacciones, a menudo los familiares intenten reducir las frustraciones de sus hijos o hermanos, lo cual parece recomendable. Sin embargo, no siempre se hace de la mejor manera posible.
Cuando tratamos de reducir el desajuste entre lo esperado y lo obtenido por un afectado de TP, actuando sobre lo obtenido –es decir, poniendo nosotros de nuestra parte lo que él no ha conseguido-, estamos propiciando su dependencia, ya que continuará fijándose metas inalcanzables, y exigiendo que nosotros las cumplamos por él.
Por eso, la mejor manera de contribuir a reducir la frustración de los afectados de TP es ayudarles a rebajar sus expectativas, y, sobre todo, no ser nosotros mismos los que fijamos metas inalcanzables para ellos.
PERSONA Y PROBLEMA
Las personas afectadas por algún trastorno de la personalidad manifiestan determinados patrones de conducta que persisten en el tiempo. Algunas de esas conductas resultan disfuncionales, y les ocasionan multitud de problemas en su vida familiar, social y laboral.
Habitualmente, las familias intentan corregir esas pautas por múltiples vías: razonamientos que al final se convierten en “sermones”; coacciones, ruegos, exigencias, promesas, comparaciones. Todo puede servir para intentar cambiar un “estilo de vida” anómalo.
Con el tiempo, muchas familias terminan resignándose ante la constatación de que ninguno de sus intentos consigue lo que ellos pretenden. Entonces colocan a su hijo la etiqueta de “problemático”, y optan por atribuir cualquier conducta o actitud negativa a “la enfermedad”. Se trata de una solución confortable porque proporciona una explicación a lo que ocurre: la culpa es de “la enfermedad”.
Llegados a este punto, “la enfermedad” se convierte en un manto que lo cubre todo, y el afectado deja de ser visto como una persona con un problema, pasando a convertirse en “un enfermo”, en un problema.
Esa visión por parte de la familia dificulta la ayuda que podrían prestarle, haciendo olvidar que el TP ocasiona ciertas disfunciones, pero no ensombrece la totalidad de la personalidad del afectado. Un TP puede dificultar sus relaciones sociales, hacerle tomar decisiones impulsivas; o tolerar mal la frustración. Pero nunca afecta a todos los ámbitos de su vida.
Aprender a diferenciar qué es debido al trastorno de la personalidad, y qué conductas no tienen nada que ver con ello es, quizá, uno de los retos más difíciles con los que se enfrentan las familias.
Pero lograrlo supone estar en condiciones de aceptar lo que es inevitable, de lo que puede corregirse y no hay por qué aceptar. Permite concentrar el esfuerzo en aquello que puede corregirse en lugar de tropezar contra el muro de lo inevitable. Y, sobre todo, contribuye a que el afectado se sienta como una persona que tiene un problema, y no como un problema con forma de persona.
Habitualmente, las familias intentan corregir esas pautas por múltiples vías: razonamientos que al final se convierten en “sermones”; coacciones, ruegos, exigencias, promesas, comparaciones. Todo puede servir para intentar cambiar un “estilo de vida” anómalo.
Con el tiempo, muchas familias terminan resignándose ante la constatación de que ninguno de sus intentos consigue lo que ellos pretenden. Entonces colocan a su hijo la etiqueta de “problemático”, y optan por atribuir cualquier conducta o actitud negativa a “la enfermedad”. Se trata de una solución confortable porque proporciona una explicación a lo que ocurre: la culpa es de “la enfermedad”.
Llegados a este punto, “la enfermedad” se convierte en un manto que lo cubre todo, y el afectado deja de ser visto como una persona con un problema, pasando a convertirse en “un enfermo”, en un problema.
Esa visión por parte de la familia dificulta la ayuda que podrían prestarle, haciendo olvidar que el TP ocasiona ciertas disfunciones, pero no ensombrece la totalidad de la personalidad del afectado. Un TP puede dificultar sus relaciones sociales, hacerle tomar decisiones impulsivas; o tolerar mal la frustración. Pero nunca afecta a todos los ámbitos de su vida.
Aprender a diferenciar qué es debido al trastorno de la personalidad, y qué conductas no tienen nada que ver con ello es, quizá, uno de los retos más difíciles con los que se enfrentan las familias.
Pero lograrlo supone estar en condiciones de aceptar lo que es inevitable, de lo que puede corregirse y no hay por qué aceptar. Permite concentrar el esfuerzo en aquello que puede corregirse en lugar de tropezar contra el muro de lo inevitable. Y, sobre todo, contribuye a que el afectado se sienta como una persona que tiene un problema, y no como un problema con forma de persona.
miércoles, 1 de septiembre de 2010
AUTOAYUDA

Termina el verano y todo vuelve a su lugar. Unos al trabajo, otros a la escuela. Los coches vuelven a llenar las calles, y los gobiernos vuelven a apretarnos el cinturón, cada vez con menos disimulo.
Pero algunas cosas continúan porque no han hecho vacaciones. Los afectados de TP siguen con las mismas dificultades sociales y laborales, y sus familiares siguen con la misma angustia, el mismo dolor, y la misma duda de siempre: ¿Qué futuro les espera a nuestros hijos con TP?
Nadie tiene una respuesta tranquilizadora para esa pregunta. El sistema sanitario atiende poco y mal las enfermedades mentales, y además le afecta la crisis. Los servicios sociales se ocupan poco y mal de estos problemas, y también les afecta la crisis. Las administraciones públicas se limitaban a conceder unas migajas del desorbitado gasto público a las asociaciones de autoayuda como El Volcán, pero también les afecta la crisis. Lo mismo les sucede a otros organismos, como las cajas de ahorro.
Es más que nunca el momento de la autoayuda. Para eso nacieron las asociaciones como El Volcán: para que un grupo de personas con unas necesidades muy concretas pudieran ayudarse mutuamente.
Durante algunos años han obtenido también algunas ayudas externas. En algunos casos, incluso unas ayudas muy sustanciales por parte de diversas instituciones públicas y privadas. Todas las asociaciones están notando las restricciones que impone la crisis económica, y las asociaciones pequeñas como la nuestra, mucho más.
Por eso resulta imprescindible ejercer a fondo la autoayuda. Porque si no nos ayudamos nosotros mismos, poco podemos esperar de los de fuera. Afortunadamente, no todo es cuestión de dinero. Es mucho lo que cada uno de nosotros podemos hacer integrados en una asociación.
Si es ilusorio esperar que otros vengan a ayudarnos, sólo tenemos dos alternativas: ayudarnos nosotros mismos o renunciar a que los afectados de TP tengan un futuro.
martes, 2 de marzo de 2010
No me apetece

Muchos de los afectados de TP se muestran terriblemente reacios a realizar determinadas actividades. Algunos pasan horas y horas en la cama. Otros se encierran en su habitación. Muchos eluden llevar a cabo cualquier actividad organizada, como asistir a clases; otros no muestran el menor interés por encontrar un trabajo, y la mayoría rehúsa colaborar en cualquier tipo de tarea doméstica. Entre los padres de estos afectados hay casi unanimidad respecto al principal motivo de esta inactividad: “No les apetece hacer eso”, dicen.
Y tienen razón: en la mayor parte de los casos, los afectados que actúan así –o mejor dicho: que no actúan-, no sienten la menor apetencia por realizar ninguna de esas actividades que llevan a cabo diariamente las personas normales”.
Pero habría que preguntarse: ¿acaso a esas personas “normales” les apetece siempre hacer todo lo que hacen cada día? La respuesta sería sin duda negativa. Todos nos vemos en la imperiosa necesidad de hacer muchas cosas que no nos apetecen, e incluso que nos desagradan. ¿Por qué ellos no? Probablemente la clave está en el verbo apetecer, que es aplicado de forma incorrecta, tanto por los afectados como por sus familiares.
Hay muchas razones por las que alguien puede hacer algo: por necesidad, por placer, por agradar a otro, por dinero, por responsabilidad, por altruismo, por amor propio, por desafío personal, por solidaridad.
De todas esas razones, sólo la que busca el placer está fuertemente ligada al concepto de apetecer. En todas la demás, se hacen las cosas, apetezca o no.
Si muchos afectados de TP tienen la autoestima baja, escasa empatía, y las necesidades básicas cubiertas, no resulta extraño que tiendan a pensar que sólo merece la pena hacer aquello que les apetece. Los familiares pueden hecer mucho, transmitiendo la noción de que lo de apetecer sólo cuenta
respecto a las actividades de ocio. Para todo lo demás, no importa si apetece o no.
viernes, 29 de enero de 2010
El muro de ladrillos

Cuando estás educando a tus hijos, ves cuando están a punto de cometer un error.
Quizá se relacionan con amistades peligrosas,no se están tomando en serio la escuela, o están cayendo en las drogas, el alcoholismo o la delincuencia. Miras a tus hijos encaminarse hacia algún tipo de problema en el futuro como si estuvieran yendo en moto directos hacia un muro de ladrillos. Como padre sientes esa tremenda necesidad de impedir que choquen contra ese muro de ladrillos.
Con los dos primeros hijos me plantaba delante del muro vociferando: “Mira, estúpido:
te diriges contra un muro de ladrillos. Estás cometiendo un gran error. Estás desperdiciando tu vida y deberías cambiar”. Ellos aceleraban la moto, me hacían un gesto rudo, y seguidamente chocaban contra el muro de ladrillos. Lo más terrible es que yo me quedaba ante el muro, y chocaban primero contra mí. Después me volví un poco más listo y me mantenía a distancia cuando les daba la charla: “Vas derecho contra un muro de ladrillos. Estás cometiendo un gran error. Deberías organizar tu vida y dejar de perder el tiempo”. Ellos aceleraban, me hacían un gesto rudo, pero esta vez yo no estaba de pie entre ellos y el muro. Así que era algo mejor.
Cometerían errores, pero no me afectarían tanto sus desastres. Después de seis hijos, me volví mucho más listo. Cuando los veía encaminarse directos hacia el muro, montados en sus motos, yo ya había tomado asiento tranquilamente. Ellos pasaban de largo y yo decía: “Mira, soy un hombre viejo, tengo bastante experiencia, y creo que hay un muro de ladrillos ahí delante. Te sugiero que tomes otra dirección diferente.
Estás cometiendo un error, pero tienes que aprender tus propias lecciones”. Y cuando les decía esto, de este modo, los hijos reducían un poco la velocidad. El gesto rudo
desaparecía por completo. Pero, aún así, chocaban contra el muro de ladrillos.
Esto es lo que realmente hacen los hijos.Intentan imaginar lo que es el mundo
chocando contra el muro de ladrillos. Aprenden que son responsables de lo que
hacen y que cuando comenten errores, sufren las consecuencias.
miércoles, 2 de julio de 2008
Una invitación a la participación
La Asociación "El Volcán" te invita a participar en esta bitácora.
Puedes enviar tus artículos a volcanicos@gmail.com o puedes hacer comentarios libres a cualquiera de los artículos publicados.
Deseamos que esta plataforma nos enriquezca a todos, tanto a los socios de la asociación como a todas las personas interesadas en los temas de los trastornos de personalidad. ¡Ánimo!

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