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miércoles, 13 de marzo de 2013

Cambiar el rumbo

Cuando llevamos años actuando de una determinada manera para lograr un objetivo concreto, y no obtenemos los resultados esperados, esto puede ser debido o bien a que el objetivo es inalcanzable, o a que la manera de actuar no sirve para ese objetivo. Ambas cosas ocurren con frecuencia en los intentos de ayudar a los afectados de TP. A veces queremos llegar a la meta sin antes pasar por todas las etapas intermedias, lo cual es sencillamente imposible. Otras veces insistimos en hacer cosas que han demostrado sobradamente que no dan ningún resultado. ¿Por qué insistimos en hacer lo mismo? Se necesita sinceridad con uno mismo para reconocer la evidencia de un rumbo equivocado. Y se necesita valentía para atreverse a abandonar un camino conocido para emprender otro nuevo y desconocido. Pero sólo esa valentía puede conducirnos a la meta deseada. Si Cristóbal Colón hubiera seguido los rumbos conocidos, nunca habría llegado a América.

sábado, 9 de febrero de 2013

Stop a las etiquetas

El refuerzo positivo


¿Cuántas veces nos hemos planteado, respecto a la pareja, los hijos, u otras personas: “no valoran lo que hago”; “no lo agradecen”; “nunca me reconocen el esfuerzo”?
Con seguridad, la respuesta es “muchas veces”. Pero, ¿cuántas veces nosotros reconocemos el esfuerzo o los méritos de los que no rodean? ¿cuántas veces les decimos que estamos muy satisfechos? ¿que se lo
agradecemos? Los afectados por los trastornos de la personalidad padecen dificultades para llevar a cabo acertadamente muchas actividades, especialmente de carácter social o laboral. Lo intentan una y otra vez, y fracasan repetidamente.
Pero a veces también lo consiguen. Por pequeños que sean esos triunfos necesitan ser expresamente reconocidos, y más aún por los más cercanos, aquellos que tan insistentemente les recuerdan sus fallos.
El refuerzo positivo; el reconocimiento, es la herramienta indispensable para ayudar a los afectados. No basta una mirada, no sirve el silencio. Hay que mostrar abiertamente la satisfacción por un determinado logro. Es necesario recordar que si nosotros echamos en falta el reconocimiento de los otros, más acuciante es esa necesidad en aquellos que intentan conducir su vida desde una posición de angustiosa inseguridad.

Ubundu


Ubundu era un joven que vivía en una choza de una pequeña aldea africana, con su hermano mayor Bangoro. Era un muchacho tímido y apocado, y mostraba poco interés por seguir las costumbres de la tribu.
Su hermano mayor hacía todo lo posible para evitar que los demás miembros del poblado se dieran cuenta de que Ubundo era diferente. Salía muy temprano a cazar, y siempre volvía con dos piezas: la suya y la de Ubundu. Como Ubundo era poco diestro, Bangoro era el que se encargaba de hacer fuego, de despellejar las piezas cazadas, y de preparar las tortas de cereal de las que se alimentaban.
Ubundo pasaba los días sin tener ninguna ocupación, paseando por los alrededores de la aldea, o sentado en un rincón de la choza, sumido en sus pensamientos. Así pasaron muchos años sin que los vecinos de la aldea notaran nada especial en Ubundu.
Un día sonaron los tambores de alarma en todo el poblado. Una partida de guerreros irrumpieron entre grandes alaridos, incendiaron varias chozas, y se llevaron a algunos hombres y mujeres jóvenes para que
les sirvieran como esclavos. Ubundu se libró porque no se movió de su rincón en la choza, pero su hermano Bangoro fue hecho prisionero.
Entonces Ubundu quedó completamente desamparado. No sabía cazar ni preparar alimentos. No sabía hacer fuego ni reparar los desperfectos de la cabaña. Tampoco había aprendido las danzas rituales, ni sabía tomar parte en las ceremonias de la tribu.
El Consejo de la tribu, que creía que Ubundu era un joven como los demás, se reunió para decidir sobre su caso. Unos pensaban que Ubundo despreciaba sus costumbres. Otros que era un perezoso que quería vivir a su costa. Otros defendían que estaba ofendiendo gravemente a los dioses.
El Consejo decidió expulsar al joven del poblado, y Ubundu se perdió en la jungla, maldiciendo a su hermano por no haberle enseñado a valerse por sí mismo.

El balance anual

Una de las características de los trastornos de la personalidad es su largo recorrido. Sus efectos pueden comenzar a manifestarse al final de la adolescencia, y es habitual que persistan hasta bien entrada la edad adulta. Durante este prolongado periodo los afectados atraviesan innumerables etapas: a veces parece que experimentan avances, y una semana después todo indica que están retrocediendo, para a continuación estabilizarse, volver a mejorar, y volver a caer. Esta interminable montaña rusa produce en los familiares un efecto de “ducha escocesa” continuada, en el que se suceden momentos de preocupación, otros de alivio, seguidos de días de esperanzado optimismo, a los que suceden otros de oscuro abatimiento. Los familiares, muy pegados al día a día de los afectados, siguen milimétricamente esas subidas y bajadas, y reproducen en su ánimo los vaivenes del afectado. El final de año es el momento en que todo tipo de empresas y organismos hacen balance. Se estudian los datos y los resultados de los doce meses precedentes, se comparan con los del año anterior, y se establecen unos objetivos para el siguiente. Es también buen momento para que los familiares de un afectado de TP hagan lo propio. Es la ocasión para tomar distancia, y evaluar la situación, comparándola con la que había 365 días antes. Hacer esto con la mayor objetividad posible, alejando el enfoque del día de hoy, nos permitirá en la mayoría de los casos constatar que las cosas han mejorado en conjunto. Ese es el barómetro que puede indicarnos si estamos en el camino correcto. Es posible que nuestro familiar esté pasando un mal momento esta semana, pero lo que importa es ver si la totalidad del año ha sido mejor o peor que la totalidad del anterior. Si la respuesta es positiva, quizá podamos encarar 2013 con más optimismo, con más paciencia, y –sobre todo- con mayor confianza en que estamos haciendo lo correcto.

martes, 6 de noviembre de 2012

¿Lo estaré haciendo bien?


Son  muchos  los  motivos  que  tienen  los familiares de un afectado por el Trastorno de la  Personalidad  para  sentir  angustia.  Una  de las dudas que más frecuentemente surgen es 
la pregunta “¿Lo estaré haciendo bien?”. La  duda  es  razonable.  Generalmente,  las familias han recorrido un largo camino desde que  detectaron  por  primera  vez  que  algo  no iba  bien  en  su  hijo  o  hermano.  Un  camino jalonado      de      consultas      a      diversos profesionales,  de  altibajos  en  el  estado  del enfermo,  de  momentos  de  esperanza,  y  de otros de desánimo. A menudo, tras varios años de intentar sin éxito la “normalización” del afectado, aparece la   inquietud   de   que   quizá   no   se   estén haciendo  las  cosas  todo  lo  bien  que  podrían hacerse. Paradójicamente,    la    respuesta    a    esa pregunta  es  contradictoria.  Por  una  parte, habría  que  responder  “no”,  porque  nunca unos    padres    pueden    hacer    todo    a    la perfección,  y  desde  esa  óptica  siempre  se podría hacer mejor. Pero por otra parte la respuesta es “sí”. Un “sí”  rotundo  y  definitivo,  porque  nadie  puede hacer  más  de  lo  que  está  en  su  mano.  Los padres o hermanos no son –ni tienen por qué ser-  especialistas,  psiquiatras  o  psicólogos,  y nadie   les   ha   entregado   un   manual   de instrucciones  de  cómo  prevenir  o  manejar  la situación que padecen. Los  familiares  sólo  pueden  poner  cariño, voluntad,   esfuerzo   y   dedicación.   Pueden también      intentar      comprender,      obtener información,  recabar  apoyo,  y  armarse  de paciencia.  Pero  intentarlo  no  garantiza  que siempre  lo  vayan  a  conseguir,  porque  como en cualquier empresa humana, no siempre se logra todo lo que se intenta. El  mero  hecho  de  que  aparezca  la  duda “¿lo  estaré  haciendo  bien?”  significa  que  se está haciendo bien; que se está haciendo todo lo que se puede. Eso debería bastarnos, y no deberíamos  dejar  que  la  duda  se  hiciera  tan pesada que impidiera seguir ayudando. 

viernes, 7 de septiembre de 2012

Adaptarse al medio


Como si no fuera suficiente la preocupación y la angustia que tienen que soportar los que tienen en su casa a alguien afectado por un TP,  el periodo que ahora comienza viene marcado por la incertidumbre y las dificultades derivadas de una grave crisis económica, que afecta a toda Europa y singularmente a España.
En cierta medida nos habíamos acostumbrado a esperar –o a exigir- del Estado soluciones para nuestros problemas, aunque con escasos resultados en el caso de los TP.
En esta situación no se trata ya de repetir la frase de J F Kennedy “No preguntes lo que tu país puede hacer por ti, sino lo que tú puedes hacer por tu país”, sino de preguntarnos qué podemos hacer por nosotros mismos y por nuestros familiares afectados de TP.
Es posible que a primera vista nos parezca que podemos hacer muy poco. Pero “poco” es bastante más que “nada”, y puede convertirse en “mucho” si unimos nuestras fuerzas. La falta de medios económicos puede suplirse con más imaginación, con más dedicación, con más esfuerzo, y con más apoyo mutuo.
Las cosas han cambiado –y más que van a cambiar-. Es un momento excelente para leer el librito “¿Quién se ha llevado mi queso? de Spencer Johnson, que recomiendo a todos.
Como apuntaba Charles Darwin, no sobreviven los más fuertes, sino los que mejor se adaptan al medio ambiente. Ese es nuestro reto  como individuos y como asociación: adaptarnos a un medio ambiente de
restricciones y escasez económica.